AUTOESTIMA, DERECHOS HUMANOS Y VICEVERSA
Cecilia von Sanden

Me han invitado a que escriba un artículo que vincule autoestima  (podríamos hablar también de mundo afectivo, interioridad, subjetividad)  y derechos humanos  (o lo que llamaríamos mundo social, reivindicativo, legitimado).

Un artículo que dé cuenta de algo así como: “Cómo reconocerme y reconocer al otro/a, como sujeto de derechos, desde las tripas”.

Al recibir la invitación, he tenido un cúmulo de sensaciones. La alegría de tener la oportunidad de colaborar nuevamente con esta publicación, estar ante un desafío, y entusiasmo y agradecimiento por poder pensar, re-pensar, comunicar, unas reflexiones, intuiciones, preocupaciones y expectativas, que llevo desde hace tiempo. Cómo integrar lo personal y lo social.


Un poco de historia...

 “Casualmente” (o causalmente) me encuentro con un artículo de un grupo de mujeres, que, rastreando el origen de la preocupación por la autoestima, también “casualmente” (o causalmente), lo ubica en el período posterior a la segunda guerra mundial, fechas en que  justamente se da nacimiento a las Naciones Unidas y se va gestando la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

            “La preocupación por la autoestima surge tras la segunda guerra mundial entre mujeres y hombres solidarios y conscientes urgidos en reparar los daños en ellos mismos, en las personas y en las comunidades sobrevivientes. Quisieron hacerlo con un horizonte abierto, no vengativo y se proponían lograr que nunca más se repitiera el genocidio. Tratar la autoestima de esta forma tuvo como recurso y fundamento pedagógico una filosofía política de los derechos humanos y de la paz.”

  No es esta revista, ni el equipo responsable, ni yo misma, somos los/as únicos / as que opinamos que la autoestima y los derechos humanos están estrechamente vinculados. Sostengo que hay una relación dialéctica: por una parte la autoestima parece precondición para una declaración misma de derechos, para su reivindicación y defensa, para sentirse merecedora/or de derechos; pero a su vez, contar con unos derechos proclamados, nacer en un estado de derechos, crecer y educarse en un ambiente donde se respeten los mismos, nos hace sentirnos dignos, sujetos estimados / as, estimables y por ende asumimos una autovaloración positiva.

Por ejemplo, “En Estados Unidos, organizaciones negras tomaron conciencia de que no podían enfrentar el racismo y lograr su eliminación sin modificar su propia conciencia. Por ello fue preciso desprenderse de la identidad ignominiosa que les había sido asignada y desarrollar una autoestima en correspondencia con su condición humana. Sólo podían lograrlo si, de forma simultánea, participaban en movimientos civiles por la consecución y vigencia de sus derechos. ·”

... y aclaración de términos

Porque ¿qué es la autoestima?  Según una definición de Amnistía Internacional, es tener conciencia de nuestro valor, sentirnos orgullosos / as de lo que somos, interiorizar que merecemos respeto.

En el diccionario de la Real Academia Española es un vocablo introducido recientemente. En la edición del año 1992 no figura la palabra. Sí la he encontrado en la última versión, donde se define como “Valoración generalmente positiva de sí mismo”.


como DERECHOS HUMANOS

Cuando mencionamos DDHH, se nos representa inmediatamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la constitución de nuestro país, las reivindicaciones sindicales, de los movimientos antiglobalización, de los sin techo, de las mujeres, etc.

Sin duda que la cristalización de una Declaración de Derechos es fruto de múltiples procesos invisibles, que un buen día se plasman en papel, se tornan visibles. Sin duda que expresan los anhelos humanos de mucho tiempo, de muchas sociedades y hoy, los Derechos Humanos gozan de un amplio consenso mundial.

Sin embargo, con la misma convicción, afirmamos que sin lugar a dudas, no se cumplen cabalmente en ninguna sociedad actual, se los utiliza para justificar lo contrario,  y se avanza más en el nivel de los discursos que en las prácticas verdaderas.

“Estamos acostumbrados a opinar sobre los grandes derechos públicos, aquellos que figuran en códigos y constituciones, formando parte de discursos políticos y promesas electorales. Se habla del derecho al empleo, el derecho a la vivienda, el derecho a la educación, al sufragio, en fin, de todos aquellos derechos que pueden figurar como reivindicaciones sociales de transparencia indemandable. Pero parece sospechoso y hasta ridículo hablar de esos derechos de al vida cotidiana que permanecen confinados a la esfera de lo íntimo, sin que nadie ose pronunciar sus nombres en las asambleas donde se debaten con grandilocuencia los problemas políticos de la época.”  Así se expresa Luis Carlos Restrepo en la página once de su libro “El derecho a la ternura”, impreso en Uruguay en 1998.

Osho, un maestro espiritual contemporáneo, es muy crítico con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, puesto que afirma que no hay mejor modo de no dar lo que no quieres dar, que afirmando que ya se tiene. Es decir, nos hemos convencido que ya tenemos derechos, y  por ende, aceptamos los derechos proclamados en la DUDH y ya no pensamos en los derechos que no tenemos, o en aquellos que sentimos como necesidad  “desde las tripas”.

Él hace su propia declaración de derechos humanos, entre los que cuenta: el derecho a la vida, el derecho al amor, a abandonar el cuerpo después de cierta edad cuando se ha vivido bastante y no se desea seguir viviendo; en cuarto lugar la búsqueda de la verdad, a tener una atmósfera de meditación en todo sistema educativo, libertad en todas las dimensiones, una tierra, una humanidad, a ser reconocido como individuo único, a tener un gobierno mundial y a la meritocracia como forma de gobierno.

Otro autor, esta vez un psicólogo,  Lowen, reconoce la libertad ( uno de los primeros derechos ciudadanos reclamados ya desde la Revolución Francesa) como una necesidad básica para todos los individuos:

 “ Sin ella es imposible la auto expresión. Pero no me refiero precisamente a la libertad política aunque este sea uno de sus aspectos esenciales. Uno desea ser libre en todas las situaciones de la vida, en casa, en la escuela, como empleado, en las relaciones sociales. No es libertad absoluta lo que se busca, sino libertad para expresarse uno mismo, para tener voz en la regulación de los propios asuntos. Toda sociedad humana impone ciertas restricciones a la libertad individual en aras de la cohesión social, y esas restricciones pueden ser aceptadas siempre y cuando no restrinjan excesivamente el derecho de auto expresión.”

Lowen es el creador de la bioenergética, una terapia y una teoría psicológica, sobre los tipos de personalidad humanos. Según él y otros muchos, todos y todas vamos conformando nuestra personalidad, nuestro carácter, a partir de las estrategias que usamos para conseguir amor, necesidad básica desde que nacemos. Esas estrategias, que dependen de lo que nos da resultado o no con papá y mamá, tienen su correlato en el cuerpo, conformando un patrón de funcionamiento y de distribución de la energía en nuestro propio físico (un patrón de respiración, unas tensiones localizadas en determinadas zonas, etc.).

Según el autor, decíamos, cada tipo de personalidad  (él define cinco) se ha visto despojado de un derecho básico que reclama toda su vida y  que él nombra como: derecho a existir; derecho a ser alimentado y satisfecho; a ser apoyado y alentado; a ser independiente; a tener sentimientos (amor, sexo).

Excepto la declaración de los derechos del niño, en la que aparecen algunos de estos derechos con una formulación más o menos parecida, no figuran en ningún documento jurídico. Sin embargo son derechos que cada uno y cada una sentimos como fundamentales, que reivindicamos cotidianamente, en nuestras relaciones de pareja, de amistad, laborales, filiales, etc. ; a veces hasta de modo inconsciente.

“Las dificultades que el mundo real presenta para que se cumpla el principio de Igual Libertad requieren, por tanto, de un sistema de gestión de las desigualdades (Principio de Diferencia) que redunden en beneficio de todos y cada uno de los sujetos sociales, sistema que ha de ser público y reforzar la autoestima de los sujetos”.


El aporte de las feministas

Creo que las mujeres han sido las primeras que se ocupan del tema del cuerpo, que se han dado cuenta de que su cuerpo es sujeto de derecho, que entendieron el cuerpo como lugar político, como lugar de dominación y de emancipación.

Y las feministas, las primeras que alzaron su voz, defendiendo sus derechos desde “las tripas”.

Este enfoque, a mi entender une el sentir, el pensar y el actuar. Ha partido de sentir la opresión (en el cuerpo en forma de contracturas, de respiración cortada, de restricción de movimientos, falta de flexibilidad, etc., y a través del cuerpo, por ejemplo siendo objeto sexual, objeto de violaciones, maltratos, etc.) y también la pulsación vital, los deseos, las necesidades, las emociones, etc. Las tensiones entre ambas fuerzas, puestas bajo el punto de vista de una mirada atenta, de una escucha sensible, hacen plantearse el por qué. Es el nivel del pensar, pensar las causas, darse razones, cuestionar la realidad antes que aceptarla como dada, como natural, como determinista. Y el análisis desde este punto de vista, ha hecho que se visibilicen desigualdades en lo micro y en lo macro, opresiones y limitaciones, que son culturales y no naturales. Se cuestiona el status quo y  el movimiento que surge desde lo femenino, pone en evidencia que esta cultura dominante, patriarcal, no favorece a las mujeres, pero tampoco a los hombres. A ellos también los limita en el desarrollo de sus potencialidades, porque les potencia sólo algunas. Y hecho el diagnóstico, sobreviene el hacer, la acción, pero una acción que nace del recorrido que empieza “en las tripas”, en el cuerpo, el cuerpo que se hace eco de la cultura, de la sociedad, que refleja las limitaciones de este estilo de desarrollo y esta forma de relacionarnos hombres y mujeres, cuerpos que denuncian las injusticias, los derechos aún no logrados, no encarnados todavía individual ni socialmente.


Siempre nos queda aprender

¿Qué podemos hacer entonces como personas, como educadoras y educadores? Creo que aprender de estos procesos. De procesos integradores, que nos conduzcan a defender los Derechos Humanos de verdad, desde adentro, desde un convencimiento sentido y no desde un discurso vacío y/o políticamente correcto.

¿Cómo empezar? Escuchando nuestro propio cuerpo, atendiendo lo que nos pide, siendo sensibles a su rebeldía (a veces en forma de somatizaciones, a veces de contracturas, enfermedades, dolores, que sólo son mensajes de desconformidad) o su sumisión (automatismos, falta de energía, depresión, etc.) que a veces sólo es una forma una rendición ante la falta de alternativas o de paciencia histórica ante lo que aún no se puede cambiar.

Proponiendo a nuestros alumnos unas reflexiones sobre los Derechos Humanos, que partan de sus experiencias vitales, no de las normativas convenidas. Y sobre todo proponer experiencias que les hagan darse cuenta de sus derechos y su falta de derechos, así como descubrir y asumir  su autorresponsabilidad consigo y con quienes le rodean.

Promoviendo la crítica desde la vivencia y no desde un DEBER SER (que cualquiera sea, siempre será menos que el SER) y acciones que no les coloquen como víctimas, sino que conlleven el hacerse cargo de la propia emancipación, el propio desarrollo y  respeto por sus derechos como ser humano.

Desarrollando metodologías que acaben con la dominación interna que todas las personas de esta sociedad padecemos, del intelecto sobre las demás dimensiones que nos constituyen: emoción, cuerpo, espiritualidad.

Y todo esto, sólo lo podemos llevar a cabo y trasmitirlo, si lo hemos experimentado y hecho o lo estamos haciendo germinar en nuestra propia carne, si lo hemos vivido o estamos viviendo en nuestra propia piel.

Siempre nos queda aprender y seguir aprendiendo.

Cecilia von Sanden es maestra y psicoterapeuta. Presidenta de SERES, Equipo de Psicoterapia para el Desarrollo Humano, País Vasco.

Lagarde, Marcela ; Claves feministas para la autoestima de las mujeres; Cuadernos inacabados http://www.unapalabraotra.org/cuadernos39.htm

Ídem

Amnistía Internacional Ecuador http://www.ec.amnesty.org/tusderechos_1.html

Restrepo, L. C.; El derecho a la ternura; arango editores – doble clic editoras; Montevideo, 1998.

Osho; Sobre los Derechos Humanos; Editorial Gulaab, Barcelona, 1998.

Lowen, Alexander; La depresión y el cuerpo; Alianza Editorial; Madrid, 1982.

Ver también: Brennan, Barbara Ann; Manos que curan; Editorial Martínez Roca, Barcelona, 1990.

Iglesias Fernández, José; La renta básica y los DDHH, revista El vuelo de Ícaro, 2001