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El ser humano es una criatura en el “manto” de la vulnerabilidad. Una simple mirada hacia el reino animal nos confronta con un espejo en el que se muestra al hombre en el inicio de su andadura vital como un ser frágil, vulnerable reflejandoen esencia una situación de profunda dependencia.De esta posición irrumpe un vínculo profundo que se materializa en una gran diversidad de necesidades.
Necesidad de protección, seguridad, calor, acogida, contacto, afecto, ternura, satisfacción, cuidados de diversa índole y, en definitiva, una sed básica, primordial de amor.
Es a partir de las caricias, el contacto físico, la voz, las miradas amorosas, desde donde se va esculpiendo el pilar básico de la afectividad desde donde uno puede orientarse, paso a paso hacia la aventura de la existencia con energía, impulso y “hambre” de vida.
Sin embargo, el problema nace cuando el amor genuino tan necesario para caminar con pasos de confianza y aceptación, se va conteniendo, llenando de “grietas” el cuerpo físico y emocional del niño y la niña.
La ausencia de cariño en sus diversas formas, el bloqueo afectivo de los padres o el exceso de ansiedad (con sus manifestaciones polares que van desde la hiper-severidad y exceso de frustración hasta la sobre-protección), separaciones o pérdidas tempranas, vivencias rechazantes o amenazantes, mensajes negativos bañados en desconfianza, humillaciones, “heridas” emocionales, etc. van generando un profundo repliegue constituyéndose un “pozo” psicosomático donde se van encerrando por capas las emociones, los sentimientos dolorosos, las heridas... y, en definitiva, el núcleo del dolor.
En la base de las manifestaciones “patológicas” o neuróticas de cualquier persona (más allá de la diversidad de los síntomas) se halla la necesidad de afecto y la carencia asociada a ella con la huella emocional correspondiente en forma de “herida”.
Paulatinamente, el niño, la niña va entretejiendo una red de protección a modo de coraza y de mecanismos defensivos que implican des-sensibilización, rigidez, evitación, negación, hostilidad, victimismo, auto-olvido, sumisión o dominación, afán de logros, etc.
Constituyen vías de compensación o negación de carencias, además de crear estrategias de seudo-satisfacción.
El proceso psicoterapéutico pretende confrontarnos con las diversas capas de nuestra personalidad hasta dar con los núcleos esenciales de nuestro ser en sintonía con nuestro íntimo deseo de crecimiento personal hasta dar con nuestros núcleos esenciales, nuestras motivaciones más profundas en nuestro viaje existencial hacia el ser uno/a mismo/a.
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INSTITUTO DE PSICOTERAPIA EMOCIONAL Y TÉCNICAS DE GRUPO
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